Las inundaciones que afectaron al Gran San Miguel de Tucumán tras la intensa lluvia del sábado por la noche no se explican solo por canales desbordados o calles anegadas, sino por un problema más profundo: el avance urbano sobre zonas que antes absorbían el agua. Según especialistas, el fenómeno ocurre porque el crecimiento de countries, loteos y barrios en el pedemonte cambió la forma en que el agua escurre, haciendo que llegue más rápido y en mayor cantidad a las zonas bajas, colapsando la infraestructura existente.
El foco del problema está en las zonas altas del oeste tucumano, especialmente en sectores como Tafí Viejo, Yerba Buena, Villa Carmela y San José, donde en las últimas décadas se construyó sobre terrenos que antes cumplían una función clave: absorber y regular el agua de lluvia.
El urbanista Gerardo Isas lo resumió con una frase contundente: “La ciudad hoy recibe el agua que la tierra absorbía”. Esto significa que donde antes había suelo permeable, vegetación o campos, hoy hay asfalto, techos y superficies impermeables que impiden la filtración natural.
Como consecuencia, el agua ya no se infiltra, sino que baja con más velocidad y volumen, saturando los canales y provocando que las calles se transformen en verdaderos ríos en cuestión de minutos.
Este cambio no es menor. Estudios indican que solo en Yerba Buena existen al menos 49 urbanizaciones cerradas que ocupan cerca del 19% del territorio, lo que refleja una transformación estructural del suelo en una de las principales zonas de absorción natural.
El problema se agrava porque la infraestructura pluvial actual no está preparada para este nuevo escenario. Muchos canales fueron diseñados hace décadas, cuando la ciudad era más pequeña y el suelo tenía mayor capacidad de absorción. Hoy reciben más agua de la que pueden soportar.
Por eso, los especialistas advierten que el problema no se resuelve solo limpiando canales o culpando a la basura. “Hay causas estructurales que no se están analizando”, señalan, apuntando directamente a las decisiones sobre el uso del suelo.
Además, existe un impacto desigual: el agua que no se absorbe en zonas altas termina afectando a los sectores más bajos, muchas veces más vulnerables. Es decir, el costo de ese crecimiento urbano lo terminan pagando otros barrios.
El caso vuelve a poner en el centro una discusión clave: no se trata solo de cuánto llueve, sino de dónde y cómo se construye. Porque en Tucumán, cada tormenta deja una evidencia cada vez más clara: muchas de las inundaciones no empiezan donde se ven, sino donde durante años se decidió crecer sin pensar en el agua.





