Una familia tucumana convirtió la nostalgia en trabajo: Patricia Ortiz y su esposo Oscar Alejandro Tula llevan achilata, el helado típico de Tucumán, a Colonia Santa Rosa, donde desde hace casi diez años la venden todos los días. Dónde y cómo: recorren la colonia, la plaza y fiestas patronales. Por qué: comenzó como un recuerdo de la infancia y terminó siendo el principal ingreso familiar. Cuándo: de la siesta al anochecer, de lunes a lunes, salvo días de lluvia.
Patricia, tucumana criada en la zona de La Loma, se radicó en Colonia Santa Rosa hace más de dos décadas. Junto a Oscar, que era camionero, empezó a traer pequeñas cantidades de achilata en viajes de más de siete horas. Al principio vendían desde su casa, casi como una prueba, cuidando el traslado de un producto delicado.
Con el tiempo, la respuesta del público fue creciendo. Cada viaje significaba traer más tachos, pese a controles y demoras en la ruta. El punto de quiebre llegó hace tres años, cuando Oscar perdió su trabajo y decidió dedicarse por completo a la venta ambulante.
Hoy venden alrededor de 50 tachos por día y muchas veces regresan con uno o dos sin vender. También hacen entregas a domicilio y participan en fiestas patronales, donde la demanda aumenta. Ofrecen bochas pequeñas y potes de un cuarto kilo, sin venta mayorista.
La achilata es el sostén económico del hogar. Patricia mantiene una pequeña despensa, pero el helado tucumano es el ingreso constante todo el año. Incluso en invierno, los vecinos la siguen comprando, abrigados y fieles a la costumbre.
Lo que antes requería explicación hoy es parte del paisaje local. Al comienzo, Patricia comparaba la achilata con un refresco o un picolé; ahora ya no hace falta. A sus 52 años y madre de tres hijos, resume la experiencia con orgullo: a cientos de kilómetros de Tucumán, un helado simple y colorido mantiene vivas las raíces y sostiene a su familia en el norte salteño.




