El drama Messi: La eterna especulación del mundo que conspira contra nosotros

Publicado el: 28 marzo, 2017

Escribe Sergio Silva Velázquez– «Una barbaridad». «Una exageración». «Algo desmedido». ¿Que pasa que el mundo ha conspirado otra vez contra nosotros? Las opiniones de los principales referentes del fútbol coinciden a la hora de opinar sobre la sanción de Leonel Messi de cuatro partidos de suspensión por su insulto a un juez de línea, que ni siguiera informó sobre el incidente. Lo dice el director técnico Edgardo Bauza y lo dejan entrever los periodistas «en sus análisis». El diario catalán Mundo Deportivo lo deja bien en claro: «Leo no fue al último Balón de Oro y la FIFA se lo está haciendo pagar». Sin denuncia de Chile, ni de ningún otro dirigente, ¿como no pensar en una mano traviesa de oficio de la FIFA para causarnos el peor de los males? La teoría de la conspiración ha desatado la eterna especulación entre los dirigentes de nuestro fútbol que ven peligrar las chances de clasificación al Mundial. Como le pasó alguna vez a Julio Grondona, el peor y el mejor de todos. Hasta han llegado a responsabilizar al diario que divulgó las imágenes, sin mencionar, claro,  la torpeza del protagonista. Otros, recién asumidos, ni siquiera se expusieron a la trituradora mediática  y prefirieron bailar por el sueño de una clasificación heroica.

La caída de la selección frente a Bolivia y los triunfos de los rivales dejan a la vista un horizonte negro-todo muy argentino- muy diferente al panorama que, al menos desde los números, se presentaba después del triunfo-discutido sí-frente a Chile. Y ahora, sin Lio, ¿quién podrá defendernos? A eso quedó reducida la gran incógnita que atraviesa un país que late y respira fútbol. El deporte que altera el humor ha encendido una luz de alarma. Lo que para la llamada «generación de oro» encarnada por Messi y sus contemporáneos (nominados hoy como un club de amigos-otra argentineada esta, la de hacer leña del árbol caído), con Sergio Aguero, Javier Mascherano, Gonzalo Higuaín y Ezequiel Lavezzi, principalmente, sería el mazazo definitivo, tras los fracasos de tres finales perdidas. El partido con Alemania, con situaciones increíbles a favor en el mundial de Brasil 2014 dejó una estela de dolor  y un golpe al orgullo de esta generación de futbolistas. El rival, sin embargo, era Alemania, una de las pesadillas de nuestro seleccionado. Y ante todo, un enemigo a la altura de nuestra reputación bien ganada. Como Karadagián peleando con La Momia.

En cambio, los otros dos golpes- a criterio de este humilde escriba- fueron tal vez más dolorosos porque no registran precedentes.  ¿Alguien podía imaginar que Chile, un rival históricamente inferior podría levantar dos copas frente a la Argentina? Pregunta válida más allá de la chicana de que «se trataron de penales» y de que el conjunto trasandino transita quizás por uno de sus mejores momentos o el mejor-antes de 2014 tenía su página de títulos en blanco-con una camada de jugadores importantes que hacen recordar a aquella selección de Colombia que nos goleó en casa y que precipitó el retorno de un tal Diego. Aquella selección colombiana lírica que nada pudo plasmar en Estados Unidos 94 pese a todo lo que insinuaba.

Lo de Chile no fue goleada pero fue una muerte que se consumó con el mismo veneno, los penales-los futboleros saben que significa eso-, con un insólito final. Con la imagen del líder del equipo yéndose a pique, tras su yerro inesperado, contagiando al resto del equipo a un final inevitable. La fuerza mental también hace a los líderes. Y el fútbol es un juego fascinante donde la estrategia y lo psicólogico pasean, a veces por encima de la habilidad de las piernas. Por ahí hay un par de ejemplos notorios que lo prueban pero porqué no empezar por nosotros.  Parece mentira que de a un paso de conseguir la tercera estrella mundial y dos sendos títulos continentales, esta generación se haya quedado sin…nada.

Podrá decirse que «llegar hasta ahí» es un mérito y nadie negará eso. Los futboleros de ley dirán que es imperdonable. Y razón no les falta. Que este grupo liderado en el libreto por el llamado mejor jugador del mundo-cada vez más lejos de Diego Maradona según el parecer de este escriba-y su cohorte dejen una huella dolorosa, difícil de borrar, casi nefasta para nuestro rico historial de los hombres que llevaron bien arriba la reputación.  Los abuelos que contaron la década del 40 fueron testigos de epopeyas registradas por la revista El Gráfico, de la mano de grandes e inolvidables craks. Nada más lejano a este presente pobre, con la frustración reconocida con pelos y señales pero también consumada en la realidad, a la luz de los resultados. Y sin embargo, hay tiempo para reescribir el final. Para ponerlo de un modo que se ajuste a lo que sospechamos todo. Nadie ha ganado más títulos que Messi, allá en el Barcelona.

Mientras tanto, el futbolero argentino que fue capaz de ilusionarse con las figuras que se sobrepusieron -como  Kempes, Pasarella u Oscar Ruggeri, por citar sólo los campeones- ahora no encuentra eco en un puñado de jugadores que solo amagan con los arrebatos de su individualidad. En Nápoles, no se puede discutir a Higuaín, en el Paris SG pasa otro tanto con Angel Di María. Ni hablar de Messi en el Barcelona. ¿Porqué costará tanto pasar a la frecuencia de la gloriosa albiceleste? Lo mismo me pregunto, como cuando veo esa película del final que ya conozco, presumiendo que el héroe aparecerá. Tarde o temprano.

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